
La motivación es el impulso que siente la persona para hacer o dejar de hacer algo. Ese impulso puede ser más o menos intenso (intensidad) y más o menos duradero (estabilidad). Lo ideal es que, además de intenso, sea estable para que no nos deje tirados a mitad del camino.
No obstante, a veces esto no resulta suficiente. En ocasiones, podemos estar muy motivados para hacer algo y, simultáneamente, para hacer justamente lo contrario. Aquí surge el problema. Por ejemplo, un fumador puede estar muy motivado para dejar de fumar, pero también para seguir haciéndolo, ya que le aterra enfrentarse al síndrome de abstinencia y a estar sin tabaco en determinadas situaciones de su vida. Por eso, el fumador no solo tiene que estar muy motivado para dejarlo, sino también muy poco motivado para seguir haciéndolo. Por ello, nos tenemos que asegurar de que estos dos objetivos sean alcanzados.
Detrás de esa motivación, de ese impulso, siempre encontramos un mismo elemento: una necesidad que reclama ser satisfecha. Por eso, un fumador puede sentir la necesidad de dejar de fumar y la necesidad de seguir fumando. Aquí lo importante es comprender que las personas no manejamos conscientemente las necesidades, sino la estructura que las envuelve: los motivos. De este modo, varios fumadores pueden tener la misma necesidad de dejar de fumar y de seguir fumando, pero atendiendo a motivos de muy distinta naturaleza. Pongamos algunos ejemplos de los motivos que seleccionan los fumadores:
- Motivos para dejar de fumar: proteger al feto durante el embarazo, ahorrar dinero, frenar una patología respiratoria, prevenir enfermedades, cumplir una promesa, resolver la adicción, dar buen ejemplo a los hijos, etc.
- Motivos para seguir fumando: vivir sin ansiedad, no engordar, disfrutar del placer de fumar, no caer en una depresión, controlar el estrés, evitar el aburrimiento, etc.
Importante: Nos tiene que quedar muy claro que no todos los motivos emiten motivaciones con la misma intensidad y estabilidad. Eso nos hace pensar que, si no seleccionamos bien los motivos de ambas necesidades, podemos estar complicando en exceso el proceso de dejar de fumar. En definitiva: el fumador podrá estar muy poco motivado para dejar de fumar y muy motivado para seguir fumando. Así, alcanzar nuestro objetivo será un cometido prácticamente imposible.
Nos queda meridianamente claro que el fumador deberá elegir motivos muy intensos y muy estables para dejar de fumar, y poco intensos y poco estables para seguir fumando. Soy consciente de que los motivos no son como cromos que puedas intercambiar tan fácilmente. Aquí la formación teórica del fumador es fundamental, y debe ir encaminada a alcanzar dos objetivos principales:
1.º Que los motivos para dejar de fumar estén relacionados principalmente con la misión de ser congruente con una identidad personal orientada a la adquisición de hábitos saludables y al deseo de no ser una persona adicta a una droga que le controla y le priva de libertad. Por ello es tan importante que el fumador comprenda los verdaderos motivos por los que actualmente fuma: la adicción. Hay que evitar basar el proyecto en el deseo o la presión de terceras personas, o en emociones negativas, ya que tienden a tener un carácter eminentemente temporal y, por tanto, inestable (por ejemplo, la preocupación ante el diagnóstico de una enfermedad).
2.º Que los motivos para seguir fumando no se fundamenten en el supuesto placer que se le atribuye al tabaco ni en otras supuestas propiedades beneficiosas relacionadas con la ansiedad, la depresión o la felicidad. El fumador debe comprender que el único motivo por el que sigue fumando es ser preso de una adicción, la cual le obliga a seguir consumiendo para neutralizar temporalmente el síndrome de abstinencia (mono).
De esta manera, y a modo de resumen, no sería recomendable que alguien dejara de fumar por el miedo a enfermar y pensando que fumar es uno de los mayores placeres de la vida.
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