Alcohol

Foto de Tembela Bohle (pexels)

Los padres no queremos que nuestros hijos fumen. Muchos de nosotros tampoco que beban alcohol, o que si lo hacen, no sea en cantidades excesivas.

Los padres olvidamos que los niños no aprenden sobre el consumo de drogas a través de revistas científicas especializadas o visualizando reportajes de National Geographic, sino a través del Aprendizaje por Modelaje u Observacional, por imitación de los modelos sociales más relevantes para la persona (copiando a la gente que le rodea). Aquí los padres tienen un papel primordial. Algunos padres creen no poder vencer el pulso de la influencia de los “amigos” (al final harán lo que los amigos hagan). Al respecto, no olvidemos que estos también tienen sus propios padres donde poder copiar la conducta. Por eso, de una manera u otra, detrás del comportamiento de los hijos siempre está el de los padres.

Muchos de nosotros pertenecemos a esa generación del botellón o del bar donde prácticamente todo el ocio venía acompañado del consumo de alcohol. Los años han pasado y muchos de esos jóvenes, hoy padres adultos, fueron incapaces de emanciparse del consumo de alcohol durante los ratos de ocio. Son hombres y mujeres que necesitan beber cerveza, vino o copas ante cualquier acto social: un día de parque con los padres del colegio, un día de playa con amigos, la Semana Santa, la Feria, los Carnavales, el Bautizo, la Comunión, la boda, la despedida de soltero, fin de año, Navidad, una comida, una cena…cualquier celebración es una buena ocasión para alcoholizarse. Incluso, muchos beben a diario, y gran parte de estos asegurando que solo lo hacen los fines de semana (muy mal asunto este autoengaño de no reconocer ni los días que consume). Todo nuestro mundo está regado con alcohol.

Toda esta conducta es reflejo de dos tristes realidades. Una, que como jóvenes no supimos aprender a pasarlo bien en ausencia de alcohol. Es decir, hoy, siendo mayores, muchos de nosotros preferimos quedarnos en casa si sabemos de antemano que “no va a haber cerveza” (dependencia al alcohol). Y, por otra parte, servimos de ejemplo o de espejo donde nuestro hijos se miran durante su desarrollo. Los jóvenes de hoy nos observan y aprenden cómo deben pasárselo bien: con alcohol. La herencia de la dependencia al alcohol.

Esta ceguera (estupidez) social, se hace patente cuando nuestros hijos se van haciendo mayores y entran en contacto con el alcohol en nuestra presencia. En muchas ocasiones son hasta animados como en una especie de rito de iniciación hacia la adultez. Damos carta blanca al consumo de una droga tan nociva a veces entre risas y aplausos. La verdad, no tiene ninguna gracia. La ciencia ya ha demostrado que no existe cantidad segura o saludable de alcohol. El riesgo cero está con el consumo cero.

Vivimos en una sociedad en la que el que no bebe es el raro, el aburrido o el obsesionado por la salud. Y es verdad, no se equivoque, estar sobrio entre personas alcoholizadas no es un reto agradable (hay que ser muy raro para soportarlo). Muchas veces es mejor irse a tiempo asumiendo el riesgo de quedar como un soso o un aburrido. Hay un momento en que estos adultos dependientes te hablan demasiado alto, te invaden tu espacio personal, te gritan, te dicen cosas o te comparten asuntos personales que al día siguiente se habrán arrepentido de haberlo contando, insisten una y otra vez para que bebas, etc. Ciertamente un panorama solo aptos para otros alcoholizados.

Con el tabaco hemos conseguido muchísimo, ahora el raro es el que fuma (Entre los adultos, claro. En la población joven sigue estando muy presente el consumo de nicotina con los dispositivos electrónicos). Pero con el alcohol queda una larga… larga… larga travesía. El alcohol genera dependencia y causa multitud de enfermedades y muertes. En el momento que una persona no sabe hacer las mismas cosas sin su cerveza, es muestra clara de la “dependencia”, de la pérdida de libertad. Nuestros hijos son testigos directos de nuestra dependencia social al alcohol, una verdadera desgracia.

No seamos jueces de nuestro hijos con un cigarrillo o una copa en la mano. No caigamos en esa triste incongruencia. No creas que por el simple hecho de ser mayor, beber está justificado. No pienses que tu hijo o tu hija deba esperar a dejar de ser un adolescente para poder consumir alcohol de manera responsable. Consumir esta droga es una irresponsabilidad sea en la edad que sea. Que muchos lo hagan no significa que esté bien.

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