Cuando la realidad hiere mucho

Foto de Kindel Media en Pexels

Las personas fuman porque son adictas, no porque les guste. A mi me gustan los langostinos, y si tuviera que comerlos cada una o dos horas, los aborrecería hasta el punto de vomitarlos. Solo las cosas que son necesarias no aburren: como comer, beber y dormir. Son necesidades básicas. Fumar no es una necesidad básica del ser humano cuando nace, pero para el que es adicto, sí que lo es. Ése es el primer y mayor problema del fumador: QUE SIENTE LA NECESIDAD DE FUMAR y lo confunde como algo que gusta o aporta placer. El adicto no se plantea un viaje sin fumar, no se plantea una fiesta sin fumar, no se plantea un café sin fumar… Es decir, NO PUEDE HACER UNA VIDA NORMAL SIN SU CIGARRILLO… y eso es un gran marrón. Dado que es algo que hacen millones de personas, no se ve tan anormal. Tan solo es eso. ¿Imaginas que la calle estuviera llena de gente esnifando pegamento? Pues algo así. Si ves algo desde que eres pequeño, lo terminas viendo normal.

Esto nos lleva a que veamos con naturalidad a cientos de personas adictas consumiendo su droga por las calles y tirando los residuos al suelo. O que en un cumpleaños infantil, observemos un grupo de padres y madres suministrándose sus dosis envuelto en una gran nube de humo delante de su descendencia.

Todo esto que te cuento, como lo cuento, suena fatal, y seguramente esté hiriendo algunas sensibilidades. La realidad es la que es, lo que cambia es la forma de describirla; o edulcoradamente o como es. Si sigues prefiriendo la edulcorada, seguirás asumiendo ciegamente lo que eres; si optas por cambiar a la cruda realidad, quizás despierte algo en ti que te haga dar uno de los grandes cambios de tu vida.

Fumar es peligroso, como lo es comer mal, hacer deporte de riesgo, conducir rápido o trabajar en un andamio. Lo que tiene fumar es otra cosa: te convierte en un drogadicto, y eso es otro asunto muy distinto. Ser adicto no tiene nada que ver con pulmones negros, con arterias enfermas o trombosis cerebrales. Ser adicto tiene mucho que ver con “miedo a imaginar una vida sin tabaco”, “ansiedad por el mono”, “ganas de llorar al ver pasar las horas sin la dosis”, “a que se te quiten las ganas de ir a una fiesta o un viaje por el simple hecho de saber que no vas a fumar”… Y como éstas, un millón de ideas más.

Yo no creo en tantas fotos de muertos y amputados en las cajetillas, yo solo veo una masa ingente de adictos deambulando por nuestro mundo incapaces de seguir una vida sin el maldito cilindro blanco y echando humo por aquí y por allá.

Hasta que el fumador no vea la realidad con claridad, el camino se hará mucho más complicado.

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