La miseria del fumador

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Lejos de los impuestos sobre el tabaco que recaudan los Estados, los beneficios millonarios de la poderosa industria o la estructura social que sostiene y perpetúa el consumo de esta droga, está el fumador, ESTÁS TÚ.

Este artículo va a ser duro, por eso, si no te encuentras con ganas de “escuchar verdades”, mejor que lo dejes para otro momento. Pero Fumabook no puede renunciar a la VERDAD, por eso no la ignora, no la tapa… la comparte. Tú decides si aceptarla o no, eres libre. Este artículo no es una herramienta para dejar de fumar. Depende de la interpretación que se haga puede motivar o todo lo contrario. Avisado estás.

Después de muchos años fumando y después de pasar esa etapa infantil, adolescente y juvenil donde el cigarrillo funciona como un juguete social más y una forma de definirse ante los que te rodean, el fumador queda sumergido en un gravísimo y penoso problema: la DROGADICCIÓN.

Con frecuencia asignamos a este término una visión muy compartida y que tiene que ver con aquella persona delgada, consumida, deteriorada, socialmente aislada, consumidora de sustancias ilegales e incluso responsable de fuertes conflictos familiares o con la ley. Así es, muchas veces pensamos que un drogadicto es un joven delgado, con algunos tatuajes o piercing, consumidor de heroína o cocaína, que ha robado o ha agredido físicamente para adquirir su dosis y que ha sumido a su familia en un caos.

Pero detrás de una drogadicción, simple y llanamente, hay una ADICCIÓN A UNA DROGA (Real Academia de la Lengua Española), sin más. Otra cosa es el valor que tú le quieras otorgar.

La droga no tiene nada que ver con tatuajes, piercing, estilos de vestir, crestas o estatus sociales. Drogadicto es aquel médico vestido con chaqueta y corbata, director de un hospital que sale de su trabajo y al entrar en su coche se enciende un cigarrillo. Es aquel padre o aquella madre que se fuma un cigarro en el trayecto de llevar a su hijo al colegio. Es aquella mujer que inhala humo mientras se toma un café con una amiga cualquier tarde de primavera.

Al adicto a la nicotina no se le caen los dientes, ni entra en extrema delgadez, ni abandona su higiene, ni destroza sus relaciones familiares y sociales, ni delinque para obtener una dosis cuando no la tiene y está desesperado. Casi todo lo que le sucede al fumador no se ve, queda oculto. Detrás de aquel compañero de trabajo que sale una y otra vez del despacho, del amigo que se va del restaurante a la calle para encender un cigarrillo, detrás de toda esa conducta socialmente aceptada, hay mucho más. Sería muy interesante que todas las cosas terribles que suceden dentro del cuerpo del adicto a la nicotina fueran visibles por un día, por un solo día. ¡CUÁNTAS COSAS CAMBIARÍAN!

¿Qué os parece si nuestro pecho fuera transparente, dejando ver nuestros pulmones? ¿Te imaginas a ese chico o chica en la puerta de una discoteca, repleto de juventud y de belleza, con una gran sonrisa luminosa, mostrando un par de pulmones negros y agrietados por el alquitrán? ¿Lo elegiríamos como candidato a ser nuestra pareja de futuro?

Pero más allá del deterioro físico, y es donde quiero llegar, hay mucho más, EL DAÑO MENTAL. El fumador cree no poder o no querer vivir sin tabaco. Pareciera como si hablara del comer, del beber o del dormir, de una EXTREMA NECESIDAD. Esta necesidad le sumerge en una miseria existencial. Y digo esto, porque es una desgracia tener que recurrir al consumo de una droga cada 20, 60 o 120 minutos para poder seguir existiendo, pagando por ello con la salud, con dinero y con mucha libertad. Es penoso no poder disfrutar de un buen café sin un cigarrillo. Es penoso no poder hacer tantas cosas sin un cigarrillo. Y lo más penoso es no ver esta gran verdad, enfadarse y negar esta cruda realidad.

Toda esta miseria se hace patente cuando el fumador no puede dar un solo paso sin su droga, cuando tiene que dar mil vueltas con el coche buscando un estanco porque se ha dado cuenta que va a la boda de su mejor amigo y no tiene tabaco en el bolsillo. Se hace patente cuando hacemos la maleta para un viaje y puede olvidar cualquier cosa excepto el tabaco. Toda esta miseria se hace patente cuando un fumador grita al mundo que él fuma porque es libre para hacerlo. Toda esta miseria se hace patente cuando intentamos dejar de fumar y nos rendimos a las dos horas. Toda esta miseria se hace patente cuando aguantamos sin fumar un día y otro día más, pero lloramos, gritamos, implorando un cigarrillo más porque lo echamos de menos.

No importa como se llame una enfermedad si nos hace por dentro todo esto. El nombre es lo de menos. ¿Por qué nos cuesta tanto asumir que somos enfermos, drogadictos?

Ahora decides tú qué hacer con toda esta información. Puedes indignarte, sentirte herido y pensar que leer esto solo hace daño. O, por otro lado, usarlo para llenarte de energía para cambiar la dirección de tu vida. El dolor y la rabia no habitan en las palabras, sino en el valor y en la interpretación que tú quieras otorgarles. No te enfades con esta información, enfádate contigo mismo por no poder evitar que la droga siga controlando la forma de entender estas cosas.

La verdad puede doler… ¡tanto! que puede ser rechazada.

¿Estás dispuesto a abandonar esa miseria?

http://www.fumabook.com

3 comentarios

  1. La realidad es que somos drogadictos socialmente aceptados, ahora un poco menos aceptados porque nos sacan a fumar a la calle. Duele el texto porque gusta asumir esa realidad. Lo pude dejar muchas veces y con el tiempo volví. Me voy de vacaciones y no me acuerdo del cigarrillo. Y yo me doy cuenta que hay algo un punto que dispara la necesidad de fumar y siempre es cualquier conflicto que me genere miedo, trato de volver en el tiempo hacia atrás para ver que quedó anclado en mi cabezota y no logró descubrirlo. Hoy día no me siento capaz de poder hacerlo y es necesario hacerlo por salud, increíble no??? Saber que estas fracasando en tratamientos y necesitarlo aún Más!.

    1. La sensación de incapacidad es completamente normal y nunca debe ser un obstáculo para ponerse en marcha. Es muy importante establecer primero la meta de la salud mental, como trastorno adictivo. Una vez resolvamos esto, la protección de la salud “física” vendrá sola. Tenemos que cambiar el enfoque de partida.

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