
Todos sabemos que nuestro cerebro está compuesto por una inmensa cantidad de neuronas que se relacionan entre sí. En él no solo almacenamos cosas, como recuerdos y creencias, sino que además es capaz de emitir pensamientos y estados emocionales. ¿Pero cómo ocurre todo esto? Intentaré dar una explicación lo más simple posible de lo que la ciencia, a día de hoy, sugiere.
El cerebro es un órgano que, además de controlar el cuerpo, nos sirve para observar, interpretar y responder ante los sucesos que se producen a nuestro alrededor. A este nivel, su objetivo es adaptarse a él, evitando peligros y usando para ello la cantidad menor de recursos posibles (tanto en términos de procesos como de energía), para poder dejarlos disponibles para otras cosas. Para todo ello, el cerebro va adoptando las distintas conclusiones que obtiene de las sucesivas experiencias que derivan de la interacción con el entorno. Es decir, va aprendiendo para cada vez ser más eficaz y eficiente en esa misión de mantenernos a salvo, bien evitando peligros u obteniendo recompensas que pueden ser beneficiosas para su existencia. Este aprendizaje va a tener una misión fundamental: ayudar a predecir qué va a ocurrir en contextos futuros en función de las experiencias anteriores para poder emitir así la mejor respuesta posible. Expliquemos esto con un ejemplo muy básico.
Pedro es un niño que tiene cuatro años. Está de visita en casa de su abuelo, que tiene una chimenea. Es la primera vez que Pedro ve el fuego de esa manera. Está absorto mirando la manera en que las llamas se retuercen y chispean entre la leña. En un momento dado, el abuelo lo deja solo. Pedro acerca la mano al fuego para tocarlo. Siente mucho dolor. Pedro acaba de tener una experiencia en la que se registran imágenes y sensaciones, como son el calor o el dolor. Esa misma experiencia queda grabada, involucrando varias partes de su cerebro (relacionadas con estímulos visuales, emocionales y del propio dolor experimentado), permitiéndole registrar o almacenar el siguiente patrón predictivo: “Si pongo la mano en el fuego, me duele”. Lógicamente, estos patrones pueden ser mucho más elaborados en una persona adulta: “Si pongo la mano en el fuego, mi piel se quemará, y eso me producirá mucho dolor, y aparecerá una herida que podrá infectarse y generarme problemas mucho más severos”. Pero centrémonos en el ejemplo de Pedro: “Si pongo la mano en el fuego, me duele”. Este patrón predictivo puede identificarse y expresarse semánticamente de manera consciente de la siguiente manera: “El fuego duele”. De esta forma, si preguntáramos a Pedro qué piensa sobre el fuego, podría responder: “El fuego duele”. Así se crean y se almacenan algunas creencias, a través de la experiencia directa, a modo de registro de una predicción que nos servirá para, en un futuro: a) evitar dolor o daño, o b) obtener de nuevo una determinada recompensa.
A partir de este momento, este patrón predictivo, además de cumplir su función de supervivencia (ya que evitan peligros o permiten obtener recompensas), le ayudará a Pedro a interpretar el mundo. Para eso, pongamos otro ejemplo.
El abuelo de Pedro se ha impregnado la mano con el hidrogel que se ponen los especialistas del cine para no quemarse. Quiere hacerle un truco a su nieto. Para ello, él acerca la mano al fuego y la deja durante medio minuto. Pedro queda sorprendido: “Al abuelo no le duele el fuego”. En este caso se produce lo que se conoce como un “error de predicción”, ya que no ocurre lo que el cerebro esperaba. Pedro, como el resto de seres humanos, está diseñado para explicar o fundamentar los errores de predicción, pero bajo la premisa de que, ante todo, debe proteger el patrón predictivo previamente presente o establecido, es decir, defender la propia creencia que se tenga almacenada. Es decir, Pedro podría haber cambiado rápidamente su patrón predictivo y construir uno nuevo: “El fuego solo le duele a algunas personas”. Pero como hemos dicho, las personas tendemos a defender patrones predictivos, es decir, nuestras creencias. Por eso, Pedro formulará una nueva creencia que le permita entender la nueva experiencia sin cambiar su sistema de creencias (que el fuego duele): “El abuelo tiene superpoderes” o “El abuelo no es capaz de sentir dolor”. Es importante entender que los humanos nos sentimos mal ante los errores de predicción, por eso nos vemos forzados, empujados o motivados a razonarlos. Lo que se conoce en Psicología como disonancia cognitiva es un tipo de error de predicción.
Los patrones predictivos también se adquieren sin que haya una experiencia directa con el fenómeno, sino de forma indirecta a través de la transmisión de una información que relata o comparte la experiencia en cabeza ajena, es decir, en otros actores. Pongamos un ejemplo.
Pedro ha aprendido durante su corto periodo de vida que sus padres siempre tienen la razón: “Si pulsas el interruptor, se enciende la luz del cuarto”, “Si soplas la sopa, se enfría”, “Si tocas el claxon, suena una bocina”, etc. (Eso en sí es otro patrón predictivo que le ayuda igualmente a observar e interpretar el mundo). Imaginemos que Pedro ha llegado a casa del abuelo, pero esta vez en compañía de sus padres. Estos, al ver la chimenea encendida, le dicen: “Pedro, no vayas a tocar el fuego, pues te vas a quemar y te va a doler muchísimo”. Esta experiencia, mediada por patrones predictivos previos (“Mis padres siempre tienen la razón”), ayudará al niño a generar un nuevo patrón predictivo sin haber una experiencia directa con la materia: “El fuego quema”. Es importante comprender que este tipo de patrones predictivos suelen ser menos resistentes al cuestionamiento que los configurados con la experiencia vivida en primera persona.
Además, los patrones predictivos formados a través de la propia experiencia tienen la capacidad de simular mentalmente parte de esa misma experiencia (el niño puede recrear la sensación que tuvo en el pasado al quemarse). De este modo, en un futuro, cuando Pedro vea una chimenea podrá simular parte del dolor y el malestar emocional que sintió (lloros, miedo…) aquella vez que se quemó. Estas simulaciones nos ayudan a ejecutar los patrones predictivos con el fin de protegernos de daños o para obtener recompensas que obtuvimos en experiencias pasadas.
Estos patrones predictivos no solo sirven para interpretar el mundo, como hemos visto hasta ahora, sino también para observarlo, es decir, para captar la información del medio que usaremos después para interpretarlo. De este modo, si mantengo un patrón predictivo sobre alguien que me sugiere que siempre se porta mal, mi cerebro rechazará aquella información que ponga en tela de juicio dicha predicción (lo que conocemos en Fumabook como proceso de las 3 íes). Veámoslo con un ejemplo. “Mi tía María es una persona muy desordenada. Siempre que voy a su casa tiene todo tirado por medio y muy sucio”. El día que en una visita aislada perciba orden y limpieza, su cerebro no lo atenderá ni le dará protagonismo para no atentar así contra su patrón predictivo. Es lo que se conoce como sesgo atencional (esto nos sucede continuamente, y nos hace tremendamente imperfectos).
Por último, es muy interesante hablar sobre otro concepto que tratamos en algunos vídeos de Fumabook, y es el de metacognición. Desde mi humilde opinión, y siguiendo esta teoría de los procesamientos predictivos, la metacognición no operaría como una herramienta añadida o una nueva facultad adquirida en la persona que le permitiera disponer como una especie de tercer ojo que le capacite para observar plácidamente sus propias cogniciones, sino como un elemento más que podamos aplicar a cada patrón predictivo que activemos y que representará la siguiente premisa: “¿Y si dicho patrón predictivo está equivocado?”. Sin duda, un tema profundamente interesante que invita a una pausada reflexión.
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