Imagina que estás tumbado en el sofá viendo una película. Estás tranquilo: no tienes hambre, ni sed, ni dolor. Tu atención está completamente focalizada sobre la trama.

De pronto, tu pareja empieza a acariciarte el cabello. Disfrutas de un reconfortante masaje en la cabeza durante cinco minutos. Sin embargo, lo realmente interesante ocurre cuando el masaje se detiene: en ese instante, nace de forma espontánea el deseo de que continúe.

Detente a observar cómo se siente esa necesidad. ¿Es una sensación agradable o incómoda? ¿Cuánto tiempo dura?

En efecto, la experiencia de «querer que continúen los mimos» no es agradable; genera una leve inquietud. Por suerte, es una molestia finita: al cabo de unos minutos, el cuerpo deja de emitir esa señal. Durante ese intervalo, el placer del masaje en sí pasa a un segundo plano. Si lo analizas bien, en ese punto ya no buscas tanto el deleite de la caricia, sino eliminar la incómoda sensación de vacío o privación.

Ahora regresemos al momento previo al masaje: estabas viendo la televisión en calma, sin echar nada en falta. Sabías perfectamente lo agradable que resulta un masaje en la cabeza, pero no sentías la urgencia de recibirlo. Esas sensaciones placenteras simplemente no eran relevantes porque la necesidad no existía. La opción de disfrutar de una caricia siempre estuvo ahí, pero su ausencia no te producía malestar ni te impulsaba a buscar desesperadamente una mano que te acariciara.

¿Y qué relación tiene esto con la mente del fumador? Absolutamente toda.

Lo que impulsa a una persona a encender un cigarrillo no es el placer genuino que le proporciona el humo. Si invitas a dar un par de caladas a alguien que jamás ha fumado, su reacción será de rechazo: el sabor, el olor y la sensación áspera en la garganta resultan desagradables.

Lo que realmente mueve al fumador es la búsqueda de alivio: la necesidad urgente de apagar el malestar provocado por el síndrome de abstinencia. El deseo no nace del disfrute, sino de la exigencia de una nueva dosis de nicotina. Aunque su mente le haga creer lo contrario, el fumador nunca fuma por verdadero placer: fuma únicamente para dejar de sentir la falta.

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