Ayer, un seguidor de Fumabook me comentaba que la mayoría de los fumadores se plantean dejar de fumar desde la necesidad y no desde el deseo. A partir de determinada edad, esto es verdad. Tal y como propone Fumabook, lamentablemente esto no es lo ideal. ¿Cómo transitar de un lado a otro?

Dejar de fumar desde la necesidad implica que el fumador presenta mayor intención de seguir fumando que de dejar de hacerlo, pero que ante una determinada situación —como un embarazo, el diagnóstico de una enfermedad importante, la presión familiar o la falta de dinero— la persona se ve empujada u obligada a dar el paso. Bajo esta situación tenemos que hacernos una pregunta esencial: ¿Qué hace que el fumador pretenda seguir fumando a pesar de saber que es malo? La podemos responder de la siguiente manera:

  1. La necesidad de suprimir el síndrome de abstinencia que siente por culpa de la adicción y que se acentúa en determinados contextos (reuniones sociales, estrés, etc.). Esta necesidad se puede malinterpretar a través de las siguientes creencias: «Fumar me gusta», «Fumar me ayuda a sobrellevar los problemas», «Fumar me ayuda a ser feliz y pasarlo bien», «Fumar me ayuda con mis problemas de ansiedad», etc.
  2. La necesidad de calmar la preocupación procedente de las creencias vistas en el punto anterior: «No voy a ser feliz», «Nunca lo voy a olvidar», «No voy a disfrutar de la vida», etc.

Cuando una persona malinterpreta las causas de su consumo y anticipa una vida tan negativa, es normal que no quiera dejarlo; así es imposible generar el deseo. Ante esta situación, la única manera en la que un fumador puede plantearse dejar de fumar es que aparezca una necesidad más grande y molesta que le preocupe aún más; por ejemplo, la aparición de una enfermedad grave relacionada con el tabaco. Así surge, no el deseo de dejarlo, sino la necesidad que obliga al fumador a tomar la decisión. Lamentablemente, esta vía no es la más adecuada.

No obstante, en ocasiones no todo está perdido, ya que se pueden dar dos acontecimientos inesperados:

  1. Que la persona justificara su consumo bajo la creencia de «A mí el tabaco no me está haciendo daño». Ante un contratiempo de salud, su creencia principal estallaría, dejando su disonancia cognitiva al descubierto y animándole a construir el deseo de dejarlo.
  2. Que durante el proceso se haga consciente por sí misma de la trampa que suponía la adicción, obteniendo poco a poco ese valiosísimo deseo.

Lamentablemente no siempre sucede así, y el fumador a menudo deja de fumar a regañadientes, lo que le origina una motivación de muy baja calidad.

Entonces, ¿cómo salir de la necesidad y obtener el deseo? Con información, con conocimiento y comprendiendo los verdaderos motivos por los que la persona fuma: no porque le guste, le haga feliz o le ayude con los problemas, sino porque está atada a una adicción que la controla y la somete. Solo así el fumador obtendrá el deseo real de liberarse de sus cadenas.

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