Pues no.

Al igual que no mata el revólver, sino la mano que aprieta el gatillo, el cigarrillo no tiene la capacidad de arrebatarle la vida a nadie. Por eso, toca preguntarse ahora: ¿quién «aprieta el gatillo del cigarrillo»? Simple: el cerebro adicto.

Poseer un cerebro adicto implica fundamentalmente tres cosas:

  1. Sentirse mal ante la ausencia de la dosis esperada: necesidad física.
  2. Sentirse mal por no proporcionar la dosis en los contextos asociados al tabaco: necesidad contextual.
  3. Sentirse mal por imaginar una vida sin tabaco: necesidad cognitiva.

El cerebro adicto, a través de estos tres mecanismos, coacciona al sujeto para que le suministre su tan ansiada dosis. Lejos de comprender este proceso, el adicto opta por elaborar y asumir un relato distinto que justifique el consumo continuado de una sustancia tan nociva: «Fumo porque me gusta», «De algo hay que morir», «Yo no tengo fuerza de voluntad», etc. Le resulta más fácil asumir esta explicación que la cruda realidad de ser un adicto y estar sometido al poder de la droga.

Sin embargo, no todo está perdido: ante la interrupción del suministro, el control temporal de los contextos y el abordaje de la necesidad cognitiva, el cerebro demuestra una asombrosa capacidad de recuperación.

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