Tristemente, existen exfumadores que aseguran haber recaído pasados cinco o diez años. Esto desanima muchísimo a quienes pretenden dejarlo. Sin embargo, no hay de qué preocuparse: esto se debe a un proceso que se puede prevenir y desactivar completamente: la idealización.

La idealización del tabaco se alimenta de dos mecanismos que trabajan en equipo:

  1. Las creencias adictivas y distorsiones cognitivas: Pensamientos irracionales y errores en el procesamiento mental como «No se puede disfrutar igual de la vida sin fumar», «El tabaco es lo único que me calma el estrés» o «El que es fumador lo es para toda la vida».
  2. La memoria eufórica: La tendencia del cerebro a recordar únicamente la experiencia «agradable» o el alivio momentáneo del tabaco, enviando al olvido la peor parte (la tos, la culpa, la esclavitud, el gasto económico, la falta de aire…). Esta memoria se suele activar en momentos con una fuerte carga emocional, tanto positiva (una fiesta, una celebración) como negativa (un problema grave, la pérdida de un ser querido).

La memoria eufórica aporta la chispa, mientras que las creencias y distorsiones cognitivas ponen el combustible: se encargan de completar un relato interno que aviva el deseo de fumar.

Por eso, la mejor «medicina» preventiva es reestructurar las creencias adictivas antes y después de dejarlo. Si trabajas tu mentalidad y desarmas la idealización, cuando la memoria eufórica lance una chispa aislada, no encontrará combustible para prender. La chispa se apagara en segundos, perdiendo su fuerza hasta volverse un eco inofensivo.

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