
Se hace imprescindible que los fumadores comprendan por qué suceden determinadas cosas relacionadas con el tabaco. Por eso, aprovechemos este artículo para aumentar vuestro conocimiento.
Nuestro cerebro está formado por unas células llamadas neuronas, encargadas de la manera en que vemos, interpretamos y sentimos nuestra interacción con el mundo. En el caso concreto del tabaco, este contiene una droga (la nicotina) capaz de alterar su funcionamiento mediante el siguiente esquema:
Fumo → La nicotina llega a determinadas neuronas → Estas activan la liberación de dopamina → Nos sentimos bien.
Si seguimos fumando a diario, en nuestro cuerpo ocurren dos fenómenos fundamentales:
1. Pérdida de sensibilidad a la dopamina (El déficit actuante) El cerebro se da cuenta de que hay un exceso artificial de dopamina por encima de su nivel basal. Esto provoca que las neuronas se hagan menos sensibles a la dopamina para protegerse (como si intentaran ignorar su presencia).
Cuando la persona deja de fumar, la dopamina natural que libera el organismo sigue ahí, pero genera un efecto excesivamente bajo porque las neuronas tienen las «antenas» plegadas. Es el conocido déficit de dopamina actuante, responsable del malestar del síndrome de abstinencia. Si la persona se mantiene sin fumar, el cuerpo percibe la bajada y, tras varios meses, recupera gradualmente la sensibilidad natural.
2. Aumento de receptores nicotínicos (Las cerraduras extra) Las neuronas aumentan el número de receptores para la nicotina. Realmente, estas «cerraduras» están diseñadas para un neurotransmisor propio: la acetilcolina. Como la nicotina bloquea y satura estos receptores, las neuronas se ven obligadas a fabricar cerraduras extra para que queden algunas libres para la acetilcolina.
Al dejar de fumar, la falta de nicotina deja millones de cerraduras libres y vacías, lo que genera un malestar físico que se suma al síndrome de abstinencia. Con el paso de unos pocos meses sin tabaco, el cerebro degrada estos receptores sobrantes hasta volver a un número normal.
¿Por qué el café o las rutinas aumentan el «mono»? Cuando alguien fuma tras dar un sorbo al café, el cerebro aprende que ante el estímulo «sabor y olor a café» aparece una gran recompensa de dopamina. Este aprendizaje registra una predicción. Una vez asentada, cada vez que tomas café, el cerebro libera una pequeña descarga anticipatoria que dispara el deseo de fumar.
Si este deseo no se acompaña del cigarrillo, la expectativa no se cumple y el sistema cae en un déficit de dopamina más severo de lo habitual (un «mono» más intenso) que impide disfrutar del café. El cerebro necesita repetir muchas veces la presentación del café sin tabaco para aprender que detrás del café ya no hay recompensa. A los meses, el deseo desaparece por completo.
¿Por qué puede reaparecer el deseo al año y medio? Cuando el número de receptores y la dopamina ya se han normalizado, el deseo tardío puede surgir por tres razones:
- Estímulos no desensibilizados: Aparece un contexto o estímulo condicionado que no se había presentado en todo ese tiempo (recuerda que la extinción requiere exposición sin consumo).
- Recreación mental: El exfumador recrea o fantasea conscientemente con las sensaciones que experimentaba al fumar, lo que genera los mismos procesos anticipatorios que con el café.
- Creencias irracionales: Basándose en mitos antiguos, la persona le asigna al tabaco propiedades «mágicas» (como buscar un efecto ansiolítico ante una desgracia o un extra de placer en una fiesta).
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