El deseo de fumar aparece al descender los niveles de nicotina en el cuerpo. Concretamente, porque esto provoca la reducción de dopamina en determinadas partes del cerebro, haciendo que la persona se sienta mal: el conocido síndrome de abstinencia o mono.

Pero el deseo también aparece o se acentúa ante la aparición de determinados estímulos externos que el cerebro del fumador ha asociado previamente con el cigarrillo. Por ejemplo, el café o la cerveza. De este modo, cuando el adicto se presenta ante el olor o el sabor del café, el cerebro experimentará un descenso mucho más acusado en el nivel de dopamina, haciendo que ese malestar o mono sea mucho más intenso. Ese es el motivo por el que sufren tanto si el café no es acompañado con un cigarro. En realidad, el café no sabe peor sin tabaco; lo que ocurre es que el adicto no puede disfrutar del café en pleno síndrome de abstinencia. Es como si intentaras disfrutar de un rico almuerzo mientras alguien te está pegando cientos de pellizcos por todo tu cuerpo.

La clave es entender que, a mayor sufrimiento, mayor es la satisfacción que se experimenta cuando este sufrimiento es retirado. Este es el motivo por el que muchos, sin darse cuenta, acuden diariamente a su bar para tomarse su café o su cerveza, solo con el fin de configurar el contexto más desfavorable posible y así obtener la recompensa más grande. En el fondo, todo fumador desea que el cigarrillo que se pone entre los labios le proporcione la mejor experiencia posible.

Además de esto, hay fumadores que también aprovechan esta estrategia para camuflar un poco el sabor desagradable que realmente tiene el humo de tabaco en la boca.

Lamentablemente, esta realidad la vive el fumador subjetivamente de una manera muy diferente y, por cierto, bastante lejos de la realidad: café y tabaco, todo un placer.

La nueva ley dificulta que el adicto configure estos escenarios, generándole ese temor.

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