
El cuerpo es una gran máquina con capacidad para autoabastecerse de una amplia variedad de elementos y para regular múltiples procesos sin necesidad de intervención externa. También es capaz de repararse por sí mismo. Estos requerimientos se conocen como necesidades autónomas. Un ejemplo de ello es la producción de hormonas o la elevación de la temperatura corporal cuando esta desciende. Estas necesidades no se perciben conscientemente ni requieren participación voluntaria para su resolución.
Sin embargo, el organismo también requiere de nuestra intervención para cubrir determinadas demandas, como la ingesta de alimentos y agua. Estas se denominan necesidades colaborativas. Para poder actuar sobre ellas, es necesario que el cuerpo nos notifique su presencia previamente. Esto lo hace a través de la necesidad manifiesta. En estos casos, se expresan como el hambre y la sed. Lo habitual es que estas necesidades sean naturales, ya que forman parte de nuestra dotación biológica. La necesidad manifiesta no es más que un conjunto de sensaciones molestas que, en estos casos, las personas intentamos eliminar mediante la ingesta de comida o líquidos.
Lamentablemente, en la naturaleza existen determinados compuestos con la capacidad de convertirse en “necesarios” o aparentemente imprescindibles, como ocurre con las drogas. Tras su consumo repetido, pueden inducir al cerebro a generar una necesidad manifiesta artificial. Esto es lo que sucede con la nicotina en los fumadores: tras un periodo de consumo, aparece la sensación de necesidad de volver a fumar. Esta necesidad de nicotina es completamente artificial; nadie nace sintiéndola. Para que aparezca, la persona debe desarrollar previamente una adicción a la sustancia.
La necesidad manifiesta artificial de nicotina se expresa como una demanda subjetiva real que empuja al sujeto a satisfacerla: una auténtica “hambre” o “sed” de nicotina. Si no se satisface, el adicto experimenta malestar. Por ello, la persona continúa consumiendo cigarrillos.
Por otro lado, el fumador suele mantener también el deseo de dejar de fumar, al ser consciente del riesgo que este hábito supone para su salud y su vida. La necesidad de fumar y la necesidad de cuidarse tiran de la misma cuerda, pero en direcciones opuestas. Este conflicto sostenido suele generar agotamiento, lo que favorece la construcción de un relato interno que justifique el consumo y le ayude a dejar de luchar contra esa voz que le recuerda de vez en cuando que aquello que hace no está bien.
De este modo, el fumador comienza a elaborar lo que puede entenderse como un relato engañoso, que le acompañará, si no pone remedio, para el resto de sus días: “De algo hay que morir”, “Yo no puedo”, “No tengo fuerza de voluntad”, “En la vida hay cosas peores”, “Hay que disfrutarla”, “Tengo muchos problemas”, “El tabaco me ayuda con la ansiedad”, “Cada uno hace lo que quiere con su cuerpo”, “Yo soy así y no puedo cambiar…”.
La pregunta es inevitable: ¿cuál es el tuyo? Si lo deseas puedes compartirlo con nosotros.
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