El Tabaquismo necesita una nueva perspectiva

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     Son muchos los profesionales, instituciones, asociaciones y organizaciones que dedican su tiempo y sus conocimientos al fin de ayudar a los fumadores a erradicar su adicción. No obstante, es muy alto el porcentaje de fumadores que, a lo largo de su vida, no reciben ningún tipo de intervención especializada para dejar de fumar. Si el fumador no busca la ayuda, deberemos de ser nosotros los que salgamos a ofrecérsela. Además de todo esto, también es necesaria una intervención sobre la población no fumadora para acelerar ese cambio social que se requiere si pretendemos bajar el número de fumadores y personas que se inician en el consumo.

En efecto, el componente “social” del tabaquismo supone el pilar fundamental sobre el que reposa este gran problema. Tristemente es el apartado que menos se trabaja, y eso nos exige actuar y realizar un cambio en nuestra perspectiva. Ha llegado el momento en que las personas comprendan que no debemos fumar delante de los niños para protegerles del humo, sino para poder configurarnos como modelos sociales que den un buen ejemplo. La subida del precio del tabaco, las prohibiciones, la no publicidad, el empaquetado neutro, la elevación de la edad permitida… son metidas que no dejan de ser “parches” a un problema que no se trata en su origen. Hace más daño el personaje de una serie o una película fumando, que el “Malboro” en un coche de carreras; hace más daño una madre o un padre comprando una cajetilla en un estanco delante de sus hijos, que una valla publicitaria anunciando cigarrillos; hace más daño regalarle a un adolescente una cachimba, que echarle el humo a la cara; hace más daño observar cómo profesionales sanitarios vestidos con batas blancas fuman en la calle, que el hecho de que un menor pueda conseguir tabaco. Si educamos a los niños, la solución para el problema del tabaco podrá estar más cerca.

Por otra parte, siempre que hablamos de tabaquismo, se nos viene a la cabeza los efectos negativos para la salud que conlleva el consumo de cigarrillos, principalmente en términos de cáncer, enfermedades cardiovasculares y patologías respiratorias. Esta perspectiva tradicional ha empujado a que las intervenciones también sigan esta misma dirección. Pero no lo olvidemos, la adicción al tabaco no es un problema de pulmones, de corazón o de cáncer; la adicción al tabaco es un problema que afecta principalmente al funcionamiento de nuestro sistema cognitivo, de nuestra mente. Siempre atendemos al tratamiento farmacológico (las pastillitas) y a un conjunto de consejos (beber agua, hacer deporte, mantener la mente ocupada, aplicar fuerza de voluntad, etc.). Pero la adicción al tabaco es algo mucho más complejo. El enfoque actual con que se aborda el tabaquismo “de forma generalizada” (lo que le llega al fumador) es inadecuado, insuficiente y, en algunos casos, contraproducente.

Mantenemos esa costumbre de colocar al fumador en una posición pasiva, para que cumpla un tratamiento y unas recomendaciones, y no les escuchamos, no les comprendemos. Hemos llegado a tal punto, que ni el propio fumador conoce de qué trata su adicción. Son muchos los fumadores que salen de las consultas de los sanitarios enojados o disgustados. Nos movemos entre radiografías, espirometrías, análisis de sangre y cooximetrías, y no nos paramos ni un solo segundo a explorar e investigar qué sucede en el interior de la mente del fumador, qué les preocupan, cuáles son sus miedos. Les ponemos vídeos de pulmones negros, les cambiamos cigarrillos por manzanas,  cifras de muertos, cuartillas informativas… pero seguimos sin atacar y profundizar en aquello de la mente.

Y todos los sabemos, la mejor forma de dejar de fumar es la terapia cognitiva-conductual con el tratamiento farmacológico. Pero, ¿dónde está esa parte “cognitiva”?. ¿Están los médicos y enfermeros de atención primaria adiestrados en estas artes? ¿Se atrevería un médico de cabecera a prescribir el tratamiento de un cáncer o a operar una cirugía cardiaca? También para el tabaquismo necesitamos expertos, especialistas, pero no en neumología o cardiología, sino en el inmenso mundo de la mente del fumador. Muchas veces tratamos a los fumadores como seres irresponsables, como si fueran caprichosos adolescentes que no quieren seguir nuestras recomendaciones. Se nos olvida que el cerebro de una adicto rechaza o distorsiona mucha de la información que le damos. No vale con jugar a ser “psicólogos del sentido común” desde esa posición elevada que algunos creen tener sobre sus pacientes. El fumador necesita que se le escuche, que se le entienda, que se le explique qué está sucediendo en el interior de su mente, el porqué de sus dudas, de sus miedos, de su sentimiento de incapacidad ante el gran reto de dejar de fumar.

A todos aquellos sanitarios que SÍ que atienden a esta parte esencial del tabaquismo, gracias de parte de todos los que hemos sido o somos fumadores.

Los cambios cuestan, y podrán molestar a unos cuantos, pero no hay más remedio que encarar esta gran epidemia de una nueva forma.

http://www.fumabook.com

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