
Si le preguntamos a una persona que fuma actualmente si dejar el tabaco es fácil o difícil, probablemente responderá que es dificilísimo. Sin embargo, si hacemos la misma pregunta a alguien que lleva años sin fumar, es muy posible que nos diga que, en realidad, fue más fácil de lo que imaginaba.
¿Por qué existe esta diferencia entre quien sigue fumando y quien ya logró liberarse del tabaco?
La respuesta es sencilla: el miedo.
El fumador vive condicionado por el miedo a todo aquello que cree que puede ocurrir si deja de fumar. Cada persona tiene sus propios temores y los experimenta con distinta intensidad. Es, en el fondo, un miedo a lo desconocido.
Pero cuando alguien consigue abandonar el tabaco y experimenta lo que sucede realmente, descubre que muchos de esos temores nunca llegan a cumplirse. Lo desconocido deja de serlo y, con ello, desaparece gran parte del miedo.
Es como “conocer al enemigo”. Al principio solo vemos una sombra enorme y amenazante; después descubrimos su verdadero rostro y comprendemos que no era tan terrible como imaginábamos. Ese monstruo que parecía aterrador termina siendo, en realidad, un inofensivo oso de peluche.
Lo desconocido suele generar miedo. Nos ocurre cuando cambiamos de trabajo, nos mudamos a otra ciudad, terminamos una relación o afrontamos cualquier gran cambio en la vida. Y dejar de fumar no es una excepción.
¿Qué sucede, por ejemplo, cuando a un fumador le diagnostican un cáncer de pulmón? En muchos casos logra dejar el tabaco de inmediato e incluso afirma no haber sufrido apenas malestar. Esto ocurre, entre otras razones, porque el miedo a morir de cáncer supera al miedo a vivir sin tabaco.
Este hecho nos lleva a reflexionar sobre la verdadera intensidad del síndrome de abstinencia. Si el malestar dependiera únicamente de la ausencia de nicotina, no debería variar según las circunstancias personales o emocionales. Sin embargo, sí lo hace.
Eso significa que nuestra mente influye —muchas veces de forma inconsciente— en cómo vivimos los síntomas de la abstinencia. Nuestros pensamientos y miedos pueden amplificar el sufrimiento hasta hacerlo parecer insoportable.
Los miedos más frecuentes al dejar de fumar
- Sentir malestar durante toda la vida.
- Echar de menos el tabaco para siempre.
- Tener ganas de fumar constantemente.
- Sufrir ansiedad o depresión por dejar de fumar.
- No sentirse cómodo en situaciones sociales sin un cigarro en la mano.
- Sentirse inseguro.
- Perder autoestima.
- Engordar.
- No volver a dormir bien.
- Ser infeliz.
- Vivir permanentemente amargado.
Cada persona proyecta sus propios temores sobre esa sombra. Pero, al final, casi siempre ocurre lo mismo: el monstruo imaginario termina siendo mucho menos temible de lo que parecía.
Si eres paciente, tu luz poco a poco te irá mostrando el verdadero rostro del tabaco
P.M. Alles – Psicólogo y escritor del manual para dejar de fumar: Fumabook
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