
Me encuentro en esa situación en la que estoy tratando de resolver mi adicción a la nicotina. Pero llega un determinado momento y me digo: “Ya no aguanto más”. Es entonces cuando empieza a rondar de verdad por mi cabeza ese pensamiento de: “¿Y si me fumo uno?”.
A veces se baraja esta idea intentando recuperar algo de calma, un breve respiro que nos ayude a recomponer el ejército interior que lucha en el interior de cada uno… un salvavidas. Otras por la simple desesperación, sin saber exactamente qué va a ocurrir después. En algunas ocasiones, por la curiosidad de recordar “a qué sabía” o “qué sensaciones puedo sentir ahora, después de todo este tiempo sin probarlo”…querer recuperar algo. Y también pensando que “la ocasión lo merece”, como premio por algo o porque se esté en un contexto que haga que ese cigarrillo parezca sagrado: “Aquí, en la otra punta del mundo, en el viaje de mi vida, ¿cómo no me voy a dar este sagrado placer?”.
Sea cual sea la situación, un cigarrillo es solo una oportunidad más para sucumbir a la petición de droga que te hace tu cerebro adicto. No importa la manera que prefiramos para maquillar esa innegable realidad; en el fondo, solo buscamos una sola cosa: administrarnos una dosis más. Pero asumir eso sería doloroso e implicaría reconocer nuestra debilidad ante el poder de la nicotina. Es más fácil crear una historia, un relato que no me deje en tan mal lugar: “Soy muy débil, no tengo fuerza de voluntad. Si por mí fuera…”; “Hay cosas peores en la vida, porque me fume uno no va a pasar nada”; “No hay que obsesionarse, en la vida hay que evitar los extremos”.
Y esto no es más que el resultado de no saber bien ante qué problema nos enfrentamos. Lo disfrazamos de hábito o de vicio. Como una costumbre más de todas aquellas que puede asumir un ser humano. ¿Para qué dramatizar con todos los problemas que vemos en el mundo? Es solo un placer, algo rico, algo que me gusta, eso que me calma, algo que me recuerda que no todo va a ser trabajar, limpiar, cocinar y sufrir, porque la vida son solo dos días… ¡y pasan tan deprisa!
Detrás de todo esto está el enemigo silencioso: esa droga que tiene la capacidad de cambiar nuestro cerebro, de hacernos drogadictos y de robarnos las cosas que son más importantes: la libertad, la dignidad, la salud, incluso la propia vida, porque nos engaña, haciéndonos creer que el acto de fumar es la simple consecuencia directa de nuestra propia voluntad. El adicto no es consciente de la venda que tiene sobre sus ojos, y eso hace que la realidad que cree ver quede absolutamente modificada. Nada es lo que parece.
Alguien que está a punto de caer y lo justifica es alguien que aún no ha conocido el rostro del enemigo ni el método que usa para someterlo. Cuando un fumador se da cuenta de todo eso, se niega a darle su dosis, se opone a seguir permitiendo que la adicción siga usando los problemas de su vida para perpetuarse. Es suficiente para dar el golpe definitivo sobre la mesa, aunque duela, aunque no sea fácil, todo con el único propósito de salir de la cárcel mental. Porque cuando se conoce al enemigo, cuando se le quita la máscara, ya no vuelve el deseo nunca más.
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