
Los seres humanos solemos operar en lo que se denomina “modo cognitivo”, en el que nuestras herramientas mentales se dedican a resolver problemas del mundo que nos rodea. Veamos algunos ejemplos de estos problemas: “¿A qué hora debo salir para llegar a tiempo al aeropuerto?”; “¿Qué ha querido decir mi jefe al decirme eso?”; “¿Necesita mi hijo que le castigue?”, etc. Como solución a estos problemas, la mente elabora cogniciones, que no son más que las respuestas que adoptamos para resolverlos: pensamientos, elaboración de nuevas creencias, decisiones, etc.
Pero por encima de este modo cognitivo, las personas podemos actuar desde un nivel superior en el que se observa la manera en que resolvemos los problemas de nuestro día a día, asumiendo nuestras limitaciones y aceptando la posibilidad de errar.
Se conoce como perspectiva «metacognitiva«; supone una oportunidad de oro para no dar por hecho nada y dejar en cuarentena cualquier decisión o postura que adoptemos. Esto se debe a que muchas de las creencias que poseemos y pensamientos que elaboramos tienen una naturaleza profundamente irracional.
Quiero que lo entiendas con un ejemplo. Imagina una calculadora a la que se le presenta un problema: 2+2. La calculadora, después de pulsar la tecla “=”, entra en modo cognitivo y muestra en la pantalla el siguiente resultado (la respuesta): 5. Lógicamente, estamos ante un fallo de funcionamiento. Pero la calculadora no lo sabe. Imagina que la calculadora pudiera adoptar el papel de revisor externo, es decir, una perspectiva metacognitiva, y se preguntara: “¿Y si el resultado no es 5? ¿Y si es mayor de 5? ¿Y si es menor de 5? Podría ser: 1, 2, 3… etc.” Como podemos comprobar, el plano metacognitivo no te permite averiguar que 5 es un resultado incorrecto ni qué cifra es la respuesta adecuada. La respuesta a este problema es 4, pero la calculadora con esa supuesta capacidad revisora metacognitiva no podría saberlo, solo cuestionárselo. En el ejemplo concreto que estamos viendo, este error no es importante, no tiene consecuencias. Nada cambia por el hecho de que la calculadora emita el resultado de 5 o 4. Pero esto, en la vida real puede ser absolutamente determinante. Puede ser el responsable de que lleguemos tarde a una cita importante o que administremos más dosis de la indicada a un paciente.
Pero, ¿de qué nos sirve todo esto al dejar de fumar? Los fumadores se enfrentan al problema de qué hacer con su adicción. En su respuesta elaboran creencias y pensamientos que en la mayoría de las ocasiones son irracionales, pues solo tratan de justificar y perpetuar el consumo: “De algo hay que morir”, “Yo no tengo fuerza de voluntad”, “La cantidad que yo fumo no es peligroso”, “Tengo muchos problemas personales como para dejarlo”… Llegados a este punto, debemos comprender que al dejar de fumar es necesario adoptar una postura muy metacognitiva que nos permita, al menos, dejar en cuarentena todas estas irracionalidades. No podemos permitir que el engaño mental que provoca estas creencias nos gobierne en el momento de tomar una decisión tan importante: ¿Dejo o no dejo de fumar?
Por eso, teniendo en cuenta toda esta información, ¿no sería conveniente empezar a no fiarse de todo aquello que creemos sobre nuestro tabaquismo y darle una oportunidad a dejarlo de una vez por todas? No es más que asumir una posición de humildad en la que uno acepta que puede estar equivocado, y que por culpa de eso puede estar poniendo en juego su salud y su propia vida. ¿No merece la pena darse la oportunidad?
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