Gran parte de la vida moderna parece desarrollarse en medio de una tensión constante: la que existe entre cuidar la salud y perseguir aquello que asociamos con el placer y la felicidad inmediata. El ser humano vive dividido entre dos impulsos. Por un lado, desea proteger su cuerpo, conservar energía, prevenir enfermedades y aspirar a una vida larga y funcional. Por otro, busca experiencias gratificantes, alivio emocional, recompensa y desconexión. Y es precisamente en ese punto donde productos como el tabaco, el alcohol o gran parte de los ultraprocesados encuentran el terreno perfecto para instalarse.

A menudo se plantea esta cuestión como si realmente existiera un equilibrio posible entre ambas cosas. Muchas personas fantasean con poder fumar sin consecuencias, beber sin deterioro, comer cualquier cosa sin impacto metabólico y, al mismo tiempo, disfrutar de una salud plena. Sería maravilloso poder satisfacer todos los impulsos sin pagar ningún precio. Sin embargo, la realidad biológica funciona de otra manera. Pretender mantener hábitos dañinos mientras se protege la salud es como intentar llenar un cubo agujereado: por mucha agua que añadas, siempre habrá una pérdida constante.

El problema es que solemos analizar estas conductas desde la superficie. Observamos el cigarro, la copa o el dulce industrial y concluimos rápidamente: «Le gusta», «Le hace feliz», «Lo disfruta». Pero rara vez nos detenemos a pensar qué mecanismos psicológicos y fisiológicos hay realmente detrás de ese supuesto placer.

Para entenderlo mejor, imaginemos una escena sencilla.

Cada mañana debes recorrer descalzo un largo camino cubierto de ascuas ardientes para llegar a tu lugar de trabajo. El trayecto es insoportable. El calor te quema la planta de los pies, avanzas con sufrimiento y, cuando finalmente llegas al destino, te espera un pequeño barreño con agua fresca donde puedes introducir los pies y descansar.

En ese instante experimentas un alivio inmenso.

El agua fría se convierte en uno de los mejores momentos de tu día. Lo esperas con ganas. Incluso empiezas a describirlo como un placer difícil de explicar. Pasan los años y mantienes la rutina religiosamente: caminar sobre brasas y después aliviar el dolor con el agua.

Un día acudes al médico porque las plantas de tus pies están gravemente dañadas. Tras examinarte, te dice algo aparentemente obvio:

—Debes dejar de caminar sobre las ascuas.

Pero entonces aparece el conflicto.

Tú respondes que no quieres perder ese momento de alivio. Que meter los pies en el agua fresca te produce bienestar. Que disfrutas de esa sensación. Que forma parte de tu vida.

Y ahí reside el engaño.

Lo que llamabas placer no era realmente placer. Era alivio. El agua no había creado el sufrimiento; simplemente calmaba temporalmente el daño que las propias ascuas provocaban cada mañana.

Con muchas conductas adictivas ocurre exactamente lo mismo.

El fumador no suele experimentar placer porque el cigarro añada un bienestar extraordinario a un estado normal. Lo que muchas veces siente es el alivio transitorio de la incomodidad que genera la propia dependencia: ansiedad, irritabilidad, vacío, tensión o craving. El tabaco actúa primero creando la herida y después ofreciendo momentáneamente la tirita.

Por eso tantas personas describen el cigarro como “relajante”. No porque introduzca serenidad en un organismo equilibrado, sino porque reduce temporalmente el malestar que aparece cuando falta nicotina. El alivio se confunde entonces con felicidad.

Algo parecido sucede con otros hábitos modernos. Muchas veces no consumimos determinados productos porque nos hagan realmente bien, sino porque nos ayudan a escapar, aunque sea durante unos minutos, del malestar que ellos mismos contribuyen a mantener. El problema es que el cerebro aprende rápidamente esta asociación y termina interpretando el alivio como una necesidad vital.

Con el tiempo, la persona deja de consumir para disfrutar y empieza a consumir para sentirse “normal”.

Ese es uno de los mecanismos más perversos de la adicción: consigue que confundamos la desaparición momentánea del sufrimiento con placer auténtico. Y mientras tanto, seguimos defendiendo aquello mismo que nos está deteriorando, creyendo que renunciar a ello sería renunciar a la felicidad.

Pero quizá la verdadera felicidad no consista en necesitar constantemente algo que calme un malestar, sino en dejar de generar ese malestar en primer lugar.

Una respuesta a «Entre la salud y la felicidad»

  1. Avatar de
    Anónimo

    Estoy convencida de.que es así y gracias a ti Pablo Alles! Pero sinembargo no he podido lograr pagar el peaje todavía. O como dices tu en tus libros o videos , no he aprendido a hacerlo. Un saludo cariñoso para ti!
    Adriana Parlavecchio

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