Capítulo 7

Pues esto mismo es lo que ocurre con el tabaco. Si tú le das a probar un cigarrillo a una persona que nunca ha fumado, éste te dirá que sabe mal, es molesto al respirar el humo, toserá y podrá causarle náuseas y mareo. Es decir, no le aportaría ningún placer ni satisfacción tal y como ocurrió al comer el pan duro tras el blanquete de la boda. Por otra parte, son muchos los fumadores que aseguran o afirman que les gusta fumar, les aporta placer. Esto sucede porque el tabaco se apodera en el cerebro de los mismos mecanismos que usa el hambre, la sed o el sueño: si no fumas, hace que te encuentres mal. Es similar, pero con una importante diferencia: el malestar por no fumar no aumenta como ocurre con las otras necesidades básicas (comer, beber o dormir) sino que, con el tiempo, desaparece; y lo que es más importante, no te matará (sino todo lo contrario, mejorará tu salud y tus probabilidades de morir por tabaco disminuirán y desaparecerán). Con esto podemos afirmar que, el acto de fumar (como es el de comer el pan duro lleno de moho), no aporta ningún placer, sino, más bien, suprime una necesidad impuesta por la propia adicción. Ésta es como una mano que te aprieta el cuello para que no puedas respirar con comodidad y que, al aflojarte de vez en cuando (fumando), sientas un pequeño alivio. Esa mano que te da alivio es la misma que te aprieta. El cigarrillo te genera una intensa necesidad de fumar un siguiente cigarrillo. Eso es, ni te calma, ni te aporta placer. Lo bueno de todo esto es que esta necesidad desaparece con el tiempo, cura sola, sin medicamentos ni fórmulas mágicas.