Capítulo 3

Este mecanismo de compensación lo utilizamos constantemente, por ejemplo, para entender cuando un profesor nos habla mal de nuestro hijo o hija. En estos casos solemos buscar argumentos que justifiquen o derriben los motivos que nos presentan. Esto también ocurre con los familiares de los delincuentes. ¿Os habéis dado cuenta lo que ocurre cuando sale en los medios de comunicación la madre de algún presunto asesino? Normalmente, en las primeras declaraciones, suele decir que es imposible que su hijo haya cometido el crimen, y cuando las pruebas son irrefutables, suele usar argumentos del tipo “fue obligado a hacerlo”, o “estaba bajo los efectos del alcohol o las drogas”, etc. Es decir, a una madre que ha educado desde pequeñito a su bebé, le ha visto crecer y lo ama con todo su corazón, le cuesta creer ciertas cosas y, por ello, necesita aliñar o modificar dichas informaciones para que encajen con sus creencias. En efecto, pensar que “tu hijo es bueno” y saber que “es un asesino” no parecen ser pensamientos que puedan convivir o coexistir tranquilamente a la vez en nuestro cerebro, por eso, debemos generar distorsiones cognitivas (o creencias erróneas) que justifiquen ese desequilibrio. Esto mismo es lo que le pasa al fumador. Lo usual es que éste no deje de fumar, sino que siga fumando y elabore un conjunto de creencias erróneas. Cada fumador tiene las suyas propias. Por eso no hay dos fumadores iguales en este mundo. Estas distorsiones son las que hacen que la gente no quiera dejar de fumar. Estas distorsiones son las causantes de que cueste tanto dejar de fumar e, incluso, que se pase tan mal en la abstinencia.