¿Qué tipo de fumador eres?

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Cuando se forma un trombo en el interior de nuestro sistema circulatorio, éste viaja a través del torrente sanguíneo pudiendo llegar a distintas partes del cuerpo. Así, dependiendo dónde se ubique, tendremos un problema de corazón, pulmón, cerebro, riñón, etc. Es decir, un mismo fenómeno puede generar distintas enfermedades.

Con el tabaco pasa algo parecido. La adicción se implanta a través de un mecanismo común en todas las personas, pero cada sujeto manifiesta el “tabaquismo” de una forma distinta. Es decir, podemos hablar de distintos tipos de fumadores. ¿Cuántos tipos de fumadores existen? Incontables, no hay dos fumadores iguales. No obstante, podemos describir sus rasgos principales. Veámoslo.

La adicción se establece normalmente a una edad temprana, la edad media de inicio son los 16 años. Es raro encontrar un nuevo fumador a partir de los 35 o 40 años. Este hecho se apoya sobre 3 pilares fundamentales:

  1. El joven está inmerso en un entorno social donde el tabaco está legalmente implantado en lo referente a su fabricación, comercialización y consumo. El padre, la madre, el tío, el profesor y demás actores sociales fuman delante de los niños.
  2. Llegada la adolescencia, el joven recibe una presión social positiva a favor del consumo de tabaco en los entornos de ocio y muy relacionados con el consumo de alcohol y otras drogas.
  3. Se sitúan en una edad en la que la percepción del riesgo está disminuida.

A partir de este momento, la adicción se va consolidando en la mente del sujeto aprovechando su vulnerabilidad y las condiciones socioculturales circundantes. Una vez se llega a la edad adulta, la presión social positiva por fumar suele disminuir y la percepción del riesgo aumenta. Solemos entrar en una fase donde el fumador comienza a desear abandonar el hábito tabáquico. Cuando lo intenta, se da cuenta que lo pasa mal, la abstinencia es desagradable. Llega entonces un momento clave y donde los fumadores suelen diferenciarse unos de otros. Expliquémoslo:

Llegado el momento en que el sujeto quiere dejarlo, se da cuenta que sufre por ello (síntomas de la abstinencia), con lo que decide seguir fumando a la espera de un momento mejor, más adecuado. Mientras, en su cabeza, se enfrentan dos realidades incompatibles: “Fumar” y “Pensar que estamos haciendo mal por fumar”. Los seres humanos tienden a resolver estos desencuentros internos. Imaginemos que estos dos elementos son los dos platillos de una balanza desequilibrada que nos vemos forzados a equilibrar. ¿Qué opciones tendríamos para resolver esta incongruencia interna?

  1. Manipulando el primer platillo: Dejando de fumar y así ya no pensamos que estamos haciendo mal por fumar.
  2. Manipulando el segundo platillo: Dejando de pensar que estamos haciendo mal por fumar.
  3. Manipulando ambos platillos: Fumo menos cantidad, o tabaco light o de liar y esto me hace pensar que ya no estoy haciendo tanto mal por fumar.

Si nos damos cuenta, dejar de fumar o disminuir el número o el tipo de tabaco es algo «objetivo» que no podemos cuestionar. Ahora bien, en el segundo y tercer caso, estamos manipulando lo que pensamos, es decir, cambiamos nuestras creencias, ¿Qué significa esto? Que llegado a este punto, los fumadores adquieren Creencias Erróneas para justificar seguir fumando. Hay 4 áreas del pensamiento principales que suelen ser modificadas, y según combinemos las cuatro, darán un tipo u otro de fumador. De ahí la dificultad de encontrar un método para dejar de fumar que sirva a todos los fumadores. “Cada fumador es un mundo, hay millones de combinaciones posibles”.

Aunque lo veremos con más detenimiento en otros posts, podemos adelantar que los cuatro tipos de creencias que solemos manipular inconscientemente son:

  • Creencias sobre el grado de toxicidad y peligrosidad que tiene el tabaco sobre nuestra salud y su relación con el número de cigarros y/o tipo de tabaco.
  • Creencias sobre la capacidad personal para lograr abandonar el tabaco, atendiendo a características personales y/o contexto familiar-laboral.
  • Creencias sobre las consecuencias de dejar el tabaco. Principalmente atendiendo a efectos físicos (engordar), psicológicos (ansiedad, tristeza…) y sociales (no sentirse bien en sociedad sin el cigarro en la mano). Es frecuente aplicar un carácter perpetuo a los síntomas de la abstinencia y al deseo de fumar.
  • El deseo de dejar de fumar, alegando atentado sobre el derecho a decidir con la vida de uno mismo, preferencia del placer sobre otras cuestiones (hedonismo), balance riesgo/beneficio alterado (fumar me reporta más beneficios que problemas), etc.

Hay sujetos que piensan que fumar es muy malo, pero se ven incapaces de dejarlo porque se sienten débiles para conseguirlo, propensos a los síntomas depresivos o ansiosos. Otros argumentan una vida laboral muy estresante, o problemas familiares que no les permiten encontrar el momento adecuado.

Otros, en cambio, niegan o disminuyen la toxicidad del tabaco, resolviendo el problema de un plumazo.

Es muy frecuente quién disminuye el número de cigarros al día y piensa que eso ya no le va a matar o enfermar.

Está muy extendida la creencia errónea de que algunos o todos los síntomas de la abstinencia durarán toda la vida. También se piensa que nunca desaparecerán las ganas de fumar.

Otros se agarran a la suerte. Reconocen lo malo que es el tabaco pero piensan que a ellos no les tocará.

Todas estas creencias erróneas son las piezas de un puzzle que configura el patrón personal de cada fumador. Un buen ejercicio es tomar papel y lápiz, y reflexionar sobre las creencias propias que tenemos sobre cada una de estas 4 cuestiones fundamentales (toxicidad del tabaco, capacidad personal para lograrlo, consecuencias de dejar de fumar, mi deseo de dejar de fumar) para aumentar nuestro nivel de consciencia como preparación ante un intento de abandono serio.

Es necesario dedicar un tiempo para comprobar si las creencias que sustentan nuestra adicción son ciertas

P.M. Alles – Psicólogo y escritor del libro para dejar de fumar Fumabook

http://www.fumabook.com

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